miércoles, 9 de abril de 2008

nada es para siempre

recién llegada de su ciudad
atascada de iglesias,
al principio bebía cerveza
con timidez
junto a mí y otros tipos
que mentaban madres
del trabajo que no dejan

me dijo su nombre
sin importarle que mirara
con lujuria
sus senos que parecían
a punto de reventar

bebimos mucho

una banda inglesa
de rock
inundaba la Fe
mientras los tipos
contaban historias
de mujeres que los
habían dejado

en algún momento ella
me preguntó si tenía coca
luego me contó que era
pintora y que fue
becaria del Fonca
hace mucho tiempo

se me fue la inspiración,
me dijo, por eso estoy aquí

bebimos mucho

he olvidado su nombre
lo que me dijo del arte
el color de sus ojos
pero no sus senos
ni esa banda de rock
que sonaba en el bar

no era precisamente
hermosa
pero era demasiado
hermosa

para mí

martes, 8 de abril de 2008

aún estamos a tiempo

la vida no está en esas fiestas de gala
con esa gente importante
con esos vestidos brillosos, subiendo
y bajando de coches último
modelo -aunque siempre
me han gustado los convertibles
a toda velocidad, en carretera.
te decía eso, mujer, antes te hablaba
al oído y te pedía que no fueras
a esos eventos de mierda
que de nada servía perder el tiempo
ahí
hablando con gente idiota,
de cosas idiotas
sonriendo como idiota. igual de
fracasados
o más. la vida no está ahí, te decía
cada fin de semana, cuando
me dejabas borracho y te largabas
con tus amigos famosos, para salir
en los diarios
abrazada de la señorita palacio
y del humanista de lujo.
la vida no estaba ahí, mujer,
siempre te lo dije.
y ves, toda esa gente se ha ido,
te han dejado sola, aburrida,
destrozada, en tu casa.
traicionada.
ya nadie te llama, mujer,
nadie. siempre te dije, cuidado
no vayas ahí, mejor corrámonos
en un descapotado
modelo 70, en uno de esos coches
que coleccionaba tu padre,
larguémonos a toda velocidad
por las carreteras del sur
a cualquier hotel de por ahí,
a cualquier motel de
esos donde las putas
han dejado de soñar y sin embargo
ofrecen caricias como incendios.
uno de eso moteles de carretera.
vámonos por ahí, te decía, pero
nunca me escuchaste, y ves, mujer,
ahora estás en tu casa, tan sola,
escuchas el paso del tiempo
en la gotera que no piensas corregir;
en esos discos que ya no sirven de nada
y vas a clases de cocina,
a clases de francés
y vas al yoga, lo intentas y
yo te digo, mujer,
una vez más,
la vida no está ahí.

cuna de Moisés

hay que ser lo suficientemente imbécil
para creer que las cosas van a cambiar.
el sol escurre por los pasillos del edificio
y las sombras son un mapa
donde es posible encontrar el olvido.
la planta que me regaló la mujer
que me he estado cogiendo las
últimas noches, tiene dos flores más.
en verdad que son hermosas.
en verdad que, de alguna forma, las envidio.
el calor encabronado es un grito
pegado al cuerpo;
me hace sudar y los chorros tóxicos
de alcohol de la noche anterior
me orinan un olor insoportable.
pero la mujer que me he estado cogiendo
también las últimas tardes
se acerca y me besa los brazos, el cuello
y me dice que no se quiere separar de mí.

escucho la misma canción que hace varios años
me abrazó y acarició
como a una perra enferma,
mi tristeza. no sé por qué
pero siempre he sido un tipo lo
suficientemente triste
como para recibir, de vez en cuando,
un abrazo –si acaso alguien cree que
eso podría resanar las perforaciones
de un corazón que se pudre- o como para
volverme insoportable. escucho la misma
corrosiva música de hace varios
años, Leonard Cohen, Gotan Project,
The Cure, y me doy cuenta que,
salvo por ciertos detalles como
el cansancio y la intolerancia
que han crecido como esas cunas de Moisés,
las cosas siguen siendo igual.

la mujer que me ofrece su clítoris hinchado
y caliente, también por las mañanas,
riega la hermosa planta que me regaló
después de una noche en que las ambulancias
inundaron con su escándalo esa parte de
la película
donde yo fui el villano.
la mujer que se ha bebido mi semen
me mira sonriente con el sol montado
en su carne. en su sombra
también juega el olvido
su última carta y me espera,
sin mandamientos. es otra flor.

lunes, 31 de marzo de 2008

ese silencio inconmensurable

pero antes ella solía querer ser libre, siempre.
tomar su mate por las mañanas, sentada,
sin pensar ni dudar, más bien como esperando
que un milagro sucediera. abría la puerta
de la casa y se quedaba ahí, sentada
en el sofá, mirando hacia el patio del edificio.
en silencio. era una mujer que conocía el silencio
en la forma más pura o más cercana. no decía nada.
no porque no tuviera nada que decir,
sino porque de nada servía decir cualquier cosa.
las cosas de igual modo sucederían,
de forma tan natural la alegría o el fracaso.
luego entraba otra vez al cuarto, me ofrecía mate
y se recostaba junto a mí, con un cigarrillo
y ese silencio inconmensurable.
se acostaba junto a mí y yo la sentía tan sabia
que cualquier cosa que me pasara por la cabeza
me resultaba una tontería, y no sabía qué decir,
sino esperar. de pronto sonreía.
jamás ojos así habían logrado sacarme las ganas
de proseguir el momento, de alargarlo un poco más
y esperar que mi nombre se volviera su silencio,
que mi escritura saliera de su cuerpo.
muchas veces estuvimos crudos, pero ella
siempre parecía comprenderlo todo y alejarse
en un caballo de humo hacia algo que en ese entonces
estaba seguro se llamaba belleza. obvio,
a su lado yo era el monstruo de siempre,
el que todo lo hundía,
a pesar de todo el amor que jamás sentí.

ella salía del baño, se vestía:
una falda muy corta, blusa de tirantes
y se maquillaba frente a un espejo manchado
por los días y las noches, sombras en sus ojos
que eran una amenaza para los débiles de voluntad.
se ponía las sandalias y salía de casa,
sin cerrar la puerta.

ahora sé que me vale un pito la cursilería
y que a pesar de los insultos, las copas rotas,
la sangre y el llanto y esas flores de papel,
ella fue el amor de mi vida –si acaso
la vida es un cuarto lleno de abismos
y con vista al mar-,
la única mujer con la que me gustaría
compartir este momento, la música,
el vino y las cenizas,
antes de dormir.

lunes, 11 de febrero de 2008

después de un fin de semana largo o de un silencio parecido a la amargura

quedarse quieto,
mirar por la ventana
el viento y la lluvia.

no hacer nada,

aunque valga tanto la pena
salir a bailar
bajo
la tormenta que crece.

aúlla la tormenta
a través de los sucios
y rotos mosquiteros-

viernes, 1 de febrero de 2008

gata negra disuelta en la noche

estaba en la barra, bebiendo cerveza
sin pensar en nada, evitando el reflejo,
el espejo que estaba frente a mí,
observando sólo mi trago y de vez en vez
el televisor, donde los millonarios
apostaban grandes cantidades en su
nervioso juego de cartas.
entonces apareció ella, una chica de suiza

con un acento de suiza y con ganas de algo
me pidió un cigarrillo y me preguntó
mi nombre y comenzó a hablar entre
la música muy alta, su voz, no le entendía,
era como una gata negra disuelta en la noche
pero me dijo me gusta mucho México –
en sus ojos se escondían los atardeceres
calurosos y azules de México, esos instantes
bajo los cuales cruzaban las mariposas
de la luz- pero este lugar no es México
decía la suiza y al ver su expresión
pensé en las estrellas que le habían ofrecido
todos aquellos guerreros que cada noche
buscan besar la soledad de otros labios
maquillados igual de estampas o postales
de territorios aburridamente blancos
o de inviernos rojos como un adiós.

estaba en la barra y la chica de suiza
me dijo que los hombres la buscaban
porque pensaban que ella tenía dinero
y entonces prefería mentirles y decir,
con una sonrisa de puta, que ella
era alemana y entonces aquellos hombres
altos o bajitos o flacos o tristes o brutos
se enamoraban de su sonrisa de puta
y de sus senos blancos, después le
enviaban mensajes por celular
diciéndole que la amaban, que la
extrañaban y eso para ella era
totalmente ridículo, los mexicanos
están locos, decía, aquello no
le gustaba, pero también era falso.
no creía en esas palabras,
obvio. trabajaba como secretaria
en Suiza y ahora estudiaba español.
me pidió un cigarro y después se fue.

en la televisión, el mejor jugador de poker
se levantaba de la silla porque había
perdido la última partida,

en la calle unos tipos comenzaban
a madrearse

yo pedí otra cerveza.

martes, 29 de enero de 2008

vieja canción de amor

compartimos la misma cama durante muchas noches.
nunca las conté, las matemáticas eran apenas el poder
de calcular la distancia que te alejaba de mí,
cuando te ibas de viaje o cuando me alejaba
de cantina en cantina, hasta terminar tirado
en las piernas de cualquier otra mujer
que nunca tenía el espléndido aroma de tu entrepierna.
o calculaba el tiempo que pasábamos juntos,
a pesar de que la cuenta regresiva que ignoramos siempre,
cruzaba nuestras venas como un cuchillo cruza
la carne anestesiada –
como ignoramos el batazo que venía directo a nosotros
desde aquella canción de amor. pero reímos mucho,
a pesar de que también hubieron muchas lágrimas,
reímos mucho, mucho, tormentas de risas y de lágrimas
huracanes de risas y alegría, no trates de olvidar eso,
no lo ocultes entre todas esas pastillas
que te ha recetado ese gran hijo de puta que es tu doctor
ese mierda batablanca que jode almas luminosas
con diazepam o prozac, trata de que ese imbécil
mierda batablanca, carajo, no toque esos instantes,
ese pendejo que no sabe un carajo del amor y
mucho menos de la lujuria del amor. nada,
nunca supo nada de nosotros ni de esas tardes
en que los pájaros se posaban en las ramas del jardín
más maravilloso del mundo y cantaban mientras yo fumaba
viéndote bailar, tan suave, a través de la ventana y
con música de Janis te quitabas la ropa
y hacías para mí el único strip tease que logró -
casi igualado sólo por el choque de los astros-,
con toda la naturaleza a acuestas, devolverme
a ese niño que ve por primera vez el arcoiris
y logra tocarlo.

hay asesinos como Charles Manson
como el Caníbal de Playa del Carmen
como el de Patrick Süskin, como Raskolnikov;
pero también están esos mierdas batablancas.
están igual de locos, la única diferencia
radica en los argumentos o en las maneras
que tienen de callarse ante la nada; en que
unos están o estuvieron libres y los otros no.
estoy seguro que si dios los escuchara -no le daría
la razón a ninguno- entendería a los que no se
justifican.
el imbécil de tu doctor no sabe eso y su justicia
carece de luz o de lo que él mismo llama amor;
incluso, el demonio o la mediocridad, si lo escucharan,
no lo soportarían jamás. a ese imbécil, el destino
le enterrará sus propios dientes en el culo
y nadie recordará su nombre y junto a su tumba
un loco maravilloso y bajito se orinará
mientras llora y ríe porque no sabe
dónde ha quedado la tormenta, su triste hogar -
pero al fin y al cabo su hogar.

pero tú, niña, no olvides esas risas, esa alegría que
compartimos en la casa de campo de tu madre,
en mi barrio lleno de aullidos parecidos a canciones
de cuna, porque es lo único que puede ayudarnos
a respirar y sentirnos a salvo cuando
por algún descuido parecido a tu nombre
en otra mujer o al título de una canción,
acudimos cada uno a la memoria del otro.

tengo que confesar que ya no siento nada por ti.
el amor pasó, ese amor lleno de sudor y lágrimas
y sudor y sangre y semen y sudor y leucorrea
y risas y palabras dulces y cartas como flores
nutridas de sombras y chaquetas bajo un árbol
de verano, pensando en el maravilloso aroma
de tu entrepierna, todo ya pasó.
no, ya no siento amor por ti, ni odio, ni ningún
otro sentimiento vil que nos atrevimos a inventar.
he despertado y a pesar de que algún tiempo
me sentí engañado, ya no es así. no sé que
chingados vaya a pasar con tu vida, si sigues
o seguirás frecuentando aquella chocolatería
donde saben preparar el sabor como a ti te gusta,
ya no sé si sigues prefiriendo la turquesa
al ámbar, o esos atardeceres junto al mar
o las caminatas por las calles bajas de San Cristobal,
tomar vino italiano y dibujar caracoles
en el corazón de un perro herido o si has vuelto
a acariciar a los caballos. no sé cómo chingados
vaya a terminar todo esto, en qué callejón
en qué puto cielo terminará todo,
a la orilla de qué abismo terminaremos,
nadie sabe, pero te digo que ya no te amo
y que, sin embargo, de vez en cuando,
no sé por qué, carajo, no sé por qué
sueño con el olor de tu entrepierna,
y echo de menos nuestra vieja canción.