Despiertas y lo primero que te digo
es que no tiene ningún caso seguir juntos
si cuando follamos no te corres.
Tendrías que buscar otro hombre, uno
que al primer contacto te haga palidecer
de placer. Sabrás quién es cuando tu piel
se erice y pienses en el paraíso, cosa que,
desafortunadamente, no sucede entre nosotros.
No quiero verte triste ni que nada te lastime.
Aunque quiero tocarte, mis manos vuelven
a su vacío original.
Me duele, es cierto, porque me gustaría
que el amor no quedara ahí. Pero siempre
he sido un animal que sólo entiende que
el amor, justamente, surge de eso y llega
hasta ahí. El amor, el amor es hacerte venir,
sin exagerar, desde que te veo, cuando te
penetro, el amor es hacerte sudar y ver
cómo tus gemidos iluminan los días grises
y los brillantes los vuelve un simple
capricho de los astros.
No voy a culparte por no correrte conmigo.
Pero no sé, preciosa, si es bueno que tú y yo,
a pesar de entender que todas las historias
de amor, por indestructibles que sean,
se van al carajo, si a pesar de pasarla
muy chingón y desaparecernos del mundo
cuando nos encontramos; no sé chiquilla,
-tus senos casi más perfectos que tus ojos-,
si debemos continuar.
Podría ser el engaño y eso, me lo has dicho,
no te gusta. Sinceramente daría todo porque
te corrieras en mi verga, quisiera regalarte
el paraíso y ver tus líquidos blancos iluminar
los caminos de la noche.
Pero es patético esto que te digo y más ahora
que escucho los violines de una canción de amor.
Te mordí te chupé te metí mis dedos
te cogí preciosa te la metí toda dura
como un poste, hice todo lo que pude,
hasta que me di cuenta, como el condenado
cuando presiente que ha llegado su hora,
que todo era inútil.
Lo que más deseamos en la vida, muchas veces,
nos será negado. Tú y yo ya teníamos reservado
un final desde el principio. Hermosura,
ángelita del sol, nadie usa las faldas tan cortas
como tú; nadie moja sus sueños como tú.
Llegada nuestra hora, ya nada podemos hacer.
Mejor levantémonos de la cama. El silencio de
la tarde se mezcla entre la ropa y el cielo está
armado de presagios. Caminemos por la playa,
mojemos juntos nuestros pies; cuando caiga el sol,
nos abrazaremos.
viernes, 26 de octubre de 2007
jueves, 18 de octubre de 2007
Con todo respeto
Estás harta de la ciudad y yo también.
Pero es indiscutible que no es tan desgraciada
porque tú caminas por sus calles.
Eso a ti no te importa y menos que un don
nadie te lo diga. Tú estás decidida
a largarte y si un movimiento literario
no puede detenerte, menos un poema
con el estómago vacío. No puedo hacer nada.
Ni siquiera una buena noticia,
o unos tragos del mejor tequila,
pueden soliviantar esta certeza.
Pero la Historia –que me importa un carajo-
tiene que saber que lo intenté, con todo respeto,
sólo para que los hijos que tendrás
sepan que José Alfredo te cantó muy despacito
y para que nunca olviden que los hombres
siempre fracasan.
Pero es indiscutible que no es tan desgraciada
porque tú caminas por sus calles.
Eso a ti no te importa y menos que un don
nadie te lo diga. Tú estás decidida
a largarte y si un movimiento literario
no puede detenerte, menos un poema
con el estómago vacío. No puedo hacer nada.
Ni siquiera una buena noticia,
o unos tragos del mejor tequila,
pueden soliviantar esta certeza.
Pero la Historia –que me importa un carajo-
tiene que saber que lo intenté, con todo respeto,
sólo para que los hijos que tendrás
sepan que José Alfredo te cantó muy despacito
y para que nunca olviden que los hombres
siempre fracasan.
Gracias por venir
Estás en mi cuarto.
De alguna forma
has llegado aquí.
No tengo trabajo,
ni dinero, ni ilusiones.
No tengo flores que darte
ni recuerdos de Venecia
o Londres que
callen a los perros.
No tengo casa, ni coche.
Me queda, eso sí,
una botella de vino
un colchón de maravilla
y hambre, mucha hambre.
Algunas veces,
me gusta visitar
los parques de
la infancia, pero
el paraíso y el infierno
son cuentos que ahora
me dan asco.
También tengo papel
y tinta, el diario de
un viaje, y un par
de condones
para antes de dormir.
Sé, sin embargo, que
nada de esto es mío.
Acaso sólo soy dueño
de mi muerte, pero
no tengo nada más,
ni me interesa ser
el hombre más
feliz del mundo
o un dulce perdedor.
Me basta
con que tú estés aquí,
mojada y pensativa.
De alguna forma
has llegado aquí.
No tengo trabajo,
ni dinero, ni ilusiones.
No tengo flores que darte
ni recuerdos de Venecia
o Londres que
callen a los perros.
No tengo casa, ni coche.
Me queda, eso sí,
una botella de vino
un colchón de maravilla
y hambre, mucha hambre.
Algunas veces,
me gusta visitar
los parques de
la infancia, pero
el paraíso y el infierno
son cuentos que ahora
me dan asco.
También tengo papel
y tinta, el diario de
un viaje, y un par
de condones
para antes de dormir.
Sé, sin embargo, que
nada de esto es mío.
Acaso sólo soy dueño
de mi muerte, pero
no tengo nada más,
ni me interesa ser
el hombre más
feliz del mundo
o un dulce perdedor.
Me basta
con que tú estés aquí,
mojada y pensativa.
jueves, 20 de septiembre de 2007
Ella está sola, sin miedo
Subo a la azotea del
edificio donde trabajo
y la luna está ahí,
brillante,
sin importarle nada
de lo que pasa
aquí abajo. Le hablo
mientras recuerdo que
alguna vez fui
un decadente, un imbécil
que había dejado
de creer en los sueños,
por miedo a la caída.
Pero esa gran bestia,
se quedó y de sus fauces
surgieron los perros
infernales que ladran
y sólo muestran
sus colmillos
en cada borrachera
con rabia.
Había matado el sueño
pero había dejado con vida
al temor, o se trataba de
un sueño lleno de miedo
en mitad de la guerra
del fracaso. Algunas
mujeres aceptaron
mi derrota; otras,
simplemente,
se burlaron de mí;
pero todas tenían razón.
El arte no puede
cambiar el mundo,
decía Laurie Anderson
quizá cuando soñó
que el final de la luna,
no será nuestro.
Antes de bajar para seguir
con mi trabajo
pienso que no es demasiado
tarde para recuperar
los sueños. Después de todo
he caído tanto o lo
suficiente para comprender
que la caída, nunca termina.
Me llevo la mano a la boca
y sin temor a ser ignorado,
le lanzo un beso a la luna.
Ella, a pesar de estar
eclipsada por las nubes,
entenderá.
edificio donde trabajo
y la luna está ahí,
brillante,
sin importarle nada
de lo que pasa
aquí abajo. Le hablo
mientras recuerdo que
alguna vez fui
un decadente, un imbécil
que había dejado
de creer en los sueños,
por miedo a la caída.
Pero esa gran bestia,
se quedó y de sus fauces
surgieron los perros
infernales que ladran
y sólo muestran
sus colmillos
en cada borrachera
con rabia.
Había matado el sueño
pero había dejado con vida
al temor, o se trataba de
un sueño lleno de miedo
en mitad de la guerra
del fracaso. Algunas
mujeres aceptaron
mi derrota; otras,
simplemente,
se burlaron de mí;
pero todas tenían razón.
El arte no puede
cambiar el mundo,
decía Laurie Anderson
quizá cuando soñó
que el final de la luna,
no será nuestro.
Antes de bajar para seguir
con mi trabajo
pienso que no es demasiado
tarde para recuperar
los sueños. Después de todo
he caído tanto o lo
suficiente para comprender
que la caída, nunca termina.
Me llevo la mano a la boca
y sin temor a ser ignorado,
le lanzo un beso a la luna.
Ella, a pesar de estar
eclipsada por las nubes,
entenderá.
martes, 28 de agosto de 2007
Soles servidos en la mesa
Los domingos solíamos ir al cine
y luego caminar despacio por un parque.
Pisábamos las hojas de cualquier
estación y desayunábamos café,
con plato de frutas amargas y pan tostado.
Muy burgués, como los títulos improvisados
cuando te metías demasiado alcohol.
Fue una época de pocas palabras
y soles suavemente servidos en la mesa
y sobre el colchón sin dormir, sin callar,
chupabas la mantequilla del cuchillo.
Te veía caminar por la casa, desnuda
y mojada y abierta del corazón y transparente
y siempre tú más transparente que desnuda,
más clara y sencilla que un pequeño jardín.
Yo me sentía sucio, mujer, muy sucio,
pero no había nada de malo,
sólo falta de amor.
Entrábamos a los domingos, algunas veces
crudos y todas las mañanas te gustaba coger,
como si lo demás no te importara: ni tu madre tosiendo
el polvo en otra ciudad, ni tu hermana ahogándose
en el frío silencio de su casa. Pero salíamos a las calles
y nos internábamos entre familias con papalotes tan altos
que se perdían, como nosotros; y a veces
esas viejas librerías del centro del culto y los libros
tarados de los viejos en una lengua extraña, algunas
hojas sueltas en tus manos y tus colecciones de letras
en inglés; y ya de vuelta, en la dulce rutina
del engaño, con un porro, nos tirábamos en la azotea
para mirar el paso de las nubes disfrazadas de nostalgia,
el cielo azul.
Los domingos te gustaba escuchar Van Morrison,
mientras algún recuerdo nos tiraba puñetazos;
algún recuerdo lleno de noches como magia
blanca -tu vino tinto que nunca nos faltó-;
y de algún modo pensaba en el borracho que
se acordaría de ti, a la orilla de su muerte,
en la barra más hermosa de este mundo,
donde todo saldría bien, como ahora esta lluvia
bajo la que no estás, aunque estoy seguro, carajo,
que te mojas.
Esta noche, mujer, sólo hace falta
un corazón que me responda.
y luego caminar despacio por un parque.
Pisábamos las hojas de cualquier
estación y desayunábamos café,
con plato de frutas amargas y pan tostado.
Muy burgués, como los títulos improvisados
cuando te metías demasiado alcohol.
Fue una época de pocas palabras
y soles suavemente servidos en la mesa
y sobre el colchón sin dormir, sin callar,
chupabas la mantequilla del cuchillo.
Te veía caminar por la casa, desnuda
y mojada y abierta del corazón y transparente
y siempre tú más transparente que desnuda,
más clara y sencilla que un pequeño jardín.
Yo me sentía sucio, mujer, muy sucio,
pero no había nada de malo,
sólo falta de amor.
Entrábamos a los domingos, algunas veces
crudos y todas las mañanas te gustaba coger,
como si lo demás no te importara: ni tu madre tosiendo
el polvo en otra ciudad, ni tu hermana ahogándose
en el frío silencio de su casa. Pero salíamos a las calles
y nos internábamos entre familias con papalotes tan altos
que se perdían, como nosotros; y a veces
esas viejas librerías del centro del culto y los libros
tarados de los viejos en una lengua extraña, algunas
hojas sueltas en tus manos y tus colecciones de letras
en inglés; y ya de vuelta, en la dulce rutina
del engaño, con un porro, nos tirábamos en la azotea
para mirar el paso de las nubes disfrazadas de nostalgia,
el cielo azul.
Los domingos te gustaba escuchar Van Morrison,
mientras algún recuerdo nos tiraba puñetazos;
algún recuerdo lleno de noches como magia
blanca -tu vino tinto que nunca nos faltó-;
y de algún modo pensaba en el borracho que
se acordaría de ti, a la orilla de su muerte,
en la barra más hermosa de este mundo,
donde todo saldría bien, como ahora esta lluvia
bajo la que no estás, aunque estoy seguro, carajo,
que te mojas.
Esta noche, mujer, sólo hace falta
un corazón que me responda.
viernes, 10 de agosto de 2007
Sueño contigo
Abrí tu video la otra noche. Lo habías mandado por correo
hacía dos semanas, pero estaba de vacaciones y esos días no
me acordé de ti. Quizá en algún momento pasaste por
mi cabeza, pero no me di cuenta porque la lluvia en el desierto
y el calor de las gotas y yo bajo el techo de palma, con un café,
frente al mar. Un café amargo y caliente, como te gustaba;
un mar oscuro como cuando te conocí; y música:
The dream is over.
Después de ver tu video, me quedé callado mucho rato;
sólo escuchaba la canción: The earth died screaming,
while I lay dreaming of you –esa voz bañada en el alcohol.
Sigues siendo como hace diez años, el fuego del agua
que bebo en los sueños, junto a otra mujer, en otro
portón un chingo de veranos después; también el llanto
de las llamas del sol. Repetí tu video casi toda la noche.
Se me hizo un nudo en la garganta, tuve un dolor en las
costillas y mis brazos como remos abandonados muy lejos
de tus olas, se volvieron pesados. Tus manos en tus senos,
tú en la pantalla tocándote el clítoris, tus ojos como
la misión perfecta de un atardecer mojado, en la selva.
Quise llamarte o mejor compartir contigo el aroma de esa
flor que se apagaba, gloriosa y tonta, en mi escritorio .
Me la pusiste como un poste, mujer, siempre me
calentaste así y, frente a tu imagen, me la saqué
para hacerme una maravillosa puñeta. No era sexo
virtual. Mientras me la jalaba escuché un llanto
terrible y por un momento pensé que era yo, pero
yo ya no existía sino en el antojo desesperado de
cogerte y tenerte abajo encima, hasta grabarme
para responderle a las espeluznantes esperanzas
de tus labios mojados: un sujeto solo que escucha
a Tom Waits y sueña con volver a emborracharse
contigo y abrazarte, como si tuviéramos 21 años
otra vez y los demonios fueran dulces de azúcar,
como si el destino nos diera otra oportunidad,
toda la noche.
Últimamente he hablado mucho de la ropa interior
de las mujeres. Algunas flores me traen a la memoria
los pasillos de tu casa. Sigo siendo un ordinario
sin importancia cuando miro el culo de las chicas
y me da risa recordar cómo una noche, llena de rabia,
me llamaste tu dulce perdedor. Sé que enviaste
ese video porque te sentías sola y extrañabas los abrazos
y los besos de cualquier hombre o sólo por chingar.
Eras más que un ángel, eras algo más allá que la verdad
gimiendo en la pantalla; me hiciste polvo el corazón.
Pero mujer, dulce demonio de mis días, aunque hayas
enviado ese video sólo por joderme, neta, gracias
por aparecerte nuevamente por aquí.
hacía dos semanas, pero estaba de vacaciones y esos días no
me acordé de ti. Quizá en algún momento pasaste por
mi cabeza, pero no me di cuenta porque la lluvia en el desierto
y el calor de las gotas y yo bajo el techo de palma, con un café,
frente al mar. Un café amargo y caliente, como te gustaba;
un mar oscuro como cuando te conocí; y música:
The dream is over.
Después de ver tu video, me quedé callado mucho rato;
sólo escuchaba la canción: The earth died screaming,
while I lay dreaming of you –esa voz bañada en el alcohol.
Sigues siendo como hace diez años, el fuego del agua
que bebo en los sueños, junto a otra mujer, en otro
portón un chingo de veranos después; también el llanto
de las llamas del sol. Repetí tu video casi toda la noche.
Se me hizo un nudo en la garganta, tuve un dolor en las
costillas y mis brazos como remos abandonados muy lejos
de tus olas, se volvieron pesados. Tus manos en tus senos,
tú en la pantalla tocándote el clítoris, tus ojos como
la misión perfecta de un atardecer mojado, en la selva.
Quise llamarte o mejor compartir contigo el aroma de esa
flor que se apagaba, gloriosa y tonta, en mi escritorio .
Me la pusiste como un poste, mujer, siempre me
calentaste así y, frente a tu imagen, me la saqué
para hacerme una maravillosa puñeta. No era sexo
virtual. Mientras me la jalaba escuché un llanto
terrible y por un momento pensé que era yo, pero
yo ya no existía sino en el antojo desesperado de
cogerte y tenerte abajo encima, hasta grabarme
para responderle a las espeluznantes esperanzas
de tus labios mojados: un sujeto solo que escucha
a Tom Waits y sueña con volver a emborracharse
contigo y abrazarte, como si tuviéramos 21 años
otra vez y los demonios fueran dulces de azúcar,
como si el destino nos diera otra oportunidad,
toda la noche.
Últimamente he hablado mucho de la ropa interior
de las mujeres. Algunas flores me traen a la memoria
los pasillos de tu casa. Sigo siendo un ordinario
sin importancia cuando miro el culo de las chicas
y me da risa recordar cómo una noche, llena de rabia,
me llamaste tu dulce perdedor. Sé que enviaste
ese video porque te sentías sola y extrañabas los abrazos
y los besos de cualquier hombre o sólo por chingar.
Eras más que un ángel, eras algo más allá que la verdad
gimiendo en la pantalla; me hiciste polvo el corazón.
Pero mujer, dulce demonio de mis días, aunque hayas
enviado ese video sólo por joderme, neta, gracias
por aparecerte nuevamente por aquí.
miércoles, 8 de agosto de 2007
Aquel baile bajo el eclipse
Salimos a la calle en pleno día, y miramos la noche;
fue el eclipse de sol. Creía que no me amabas y
miramos el cielo largo rato. Escuchamos que a lo lejos
alguien cantaba, escuchamos voces de niños penetrando
el hielo o la arena de la luna pero algunas partes no
descubiertas del corazón; ladridos apagados que
tomaron fuerza. Aparecieron monstruos nuevos
que al paso del tiempo nos dieron risa. Un pedazo de pan
y vino y mis manos al tocarte decían que a tu lado
las noches deberían durar para siempre. El eclipse
de sol estaba también ahí, en tus ojos al medio día.
Todavía creo distinguir el olor que escurría
por tus piernas, el deseo de tus senos en mi boca.
Mover el agua junto a ti y acariciar tu pelo.
Bailaste, empezaste a dar vueltas como una niña
y giraste hasta llegar a mí como si el mundo
nunca fuera a caerse a pedazos, ni los eclipses
se fueran a terminar, bailaste con los brazos abiertos,
girabas como una tormenta sin maquillaje.
fue el eclipse de sol. Creía que no me amabas y
miramos el cielo largo rato. Escuchamos que a lo lejos
alguien cantaba, escuchamos voces de niños penetrando
el hielo o la arena de la luna pero algunas partes no
descubiertas del corazón; ladridos apagados que
tomaron fuerza. Aparecieron monstruos nuevos
que al paso del tiempo nos dieron risa. Un pedazo de pan
y vino y mis manos al tocarte decían que a tu lado
las noches deberían durar para siempre. El eclipse
de sol estaba también ahí, en tus ojos al medio día.
Todavía creo distinguir el olor que escurría
por tus piernas, el deseo de tus senos en mi boca.
Mover el agua junto a ti y acariciar tu pelo.
Bailaste, empezaste a dar vueltas como una niña
y giraste hasta llegar a mí como si el mundo
nunca fuera a caerse a pedazos, ni los eclipses
se fueran a terminar, bailaste con los brazos abiertos,
girabas como una tormenta sin maquillaje.
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