Hoy te vi el culo por primera vez, Cristina.
Traías unos mallones negros y pegados,
como si la tela quisiera ser tu misma piel,
tu piel que huele a jardines mojados por la lluvia
una noche de invierno y con cartas de amor
que jamás abriste; tu marina y generosa piel
que cada mañana, bajo el sol, sueña con ser
más morena. Tu culo es más deslumbrante
que los oscuros pensamientos del onanismo.
Vi tu culo, Cristina, y eso no lo pudiste evitar,
como evitaste cualquier tipo de encuentro conmigo
luego de que tu amiga terminó por mudarse
a mi casa. Sé que tu dolor fue por ella,
y tus rechazos fueron cada día más severos,
hasta que te fuiste volviendo más cruel y desierta
con tu amiga –ella está llena de amor-, como si quisieras
escupirle o tirarle navajazos a tu destino y como si tu destino
fuera ella o yo o ella y yo juntos borrando tu camino,
y bien sabes que no es así.
Hoy sólo te llevaba un recado de tu amiga
o de mi novia -como quieras verlo-, que pensé
acompañarlo de una flor o una caja de chocolates
o de un wato de la mejor mota que hay en la ciudad.
La última opción sé que te hubiera hecho muy feliz.
Pero no hice nada, como siempre, no hice nada.
Sólo llevaba el recado y ganas de irme a mi casa
pero te vi y luego de la corta charla que tuvimos,
del recado sobre unos papeles de tu carrera, no sé
–o sí sé- por qué instinto nacido de mi lujurioso
corazón (es igual) miré tu culo, directamente
después de despedirnos.
Un culo como el tuyo distrae los pensamientos
y podría causar muchas tragedias, pero estoy seguro
que tu culo ha causado más felicidad,
tu culo ha sido la felicidad de muchos hombres,
y si han sido miserables, les has devuelto algo
de su orgullo, los has salvado. Ahora mismo
quizá esté pasando eso, ahora que trato de leer
la introducción a la metafísica de Bergson,
y no puedo porque tu imagen perdiéndose
en la quimera esplendorosa de aquel hostal
se me viene a la cabeza con tu rostro lindo
muy lindo como ha de ser toda tu patria
y pienso en tu culo y en por qué no lo toqué.
Pero nada podemos hacer.
Quizá para ti, tu culo es cosa simple, carne y músculo
pero visto desde afuera es algo más extraordinario
y maravilloso, podría escribir definiciones, apotegmas,
ensayos, novelas, versos o poemas o una lista de adjetivos
para tratar de acercarme lo más posible a tu culo
y eso se convertiría, según Bergson, en una enumeración
interminable, y llegaríamos al mismo punto: la belleza
de tu culo es infinita.
Por más que quiera conocerte nunca seré más
que una llana ventana que mira las playas
y las carreteras de tu vida; una más y fría.
Sólo el deseo que quizá tuvimos alguna vez
nos podría hacer coincidir para conocernos
de verdad. Pero eso ya es imposible.
Las cartas están echadas.
Sólo queda decir las cosas como son
a pesar de que muchas veces
-tratados, manifiestos, grandes poemas se han escrito,
se escriben y se escribirán en torno a tu culo-
sea insoportable. Sólo me quedan estás llanas
y vulgares palabras: esta noche quisiera cogerte
–lo haría como en una película porno-
y que tus fluidos vaginales escurrieran por tu culo
entrelazados, como en un baile de amor,
con mi semen. Sentir tu culo hasta correrme.
Total, ninguno de los dos, Cristina,
nos jugaríamos el corazón.
miércoles, 19 de diciembre de 2007
sábado, 17 de noviembre de 2007
Hoy anochece más temprano
Hoy me pides cosas que no puedo regalarte.
Son poco más de las cinco y media de la tarde
y ya los colores de la naranja mecánica del mundo
desfallecen, anochece más temprano; el vuelo
con destino al aeropuerto internacional de Franckfurt
está a punto de partir. Me gustaría irme contigo guardado
en tu maleta y no sabes qué pinche envidia me da
ese poema que te di y que llevas guardado en la bolsa
trasera de tu pantalón –preferiría ser yo y tú, otra vez,
sobre mí, chingada madre!
Tengo algunos restos de tu pelo en la mano, tu pelo
lacio y frío que me hace pensar en la nieve que cae
en las calles grises de los presentimientos y aquel
aeropuerto donde seguramente hay un ilegal que aguarda
el avión en que te largas para guiarlo hasta los puertos
de salida donde no hay un beso caliente que te espere.
Él, al salir de su trabajo, se meterá en un bar a tomar cerveza
y en el fondo se comportará como el Adán que somos todos
cuando nos emborrachamos en el paraíso de la soledad
y odiamos a dios por habernos arrebatado a Lilith.
Quizá si lo abrazarás a él, me abrazarías a mí.
Podría decirte que te esperaré, podría mentirte
y asegurarte que soy un buen tipo, como esos soldados
destruidos por el miedo que guardan en su cartera
el retrato de la mujer a la que le entregaron el corazón,
pero ni siquiera tengo una cartera y mi corazón no es
garantía para la mujer glamorosa que me mira,
en este pasillo donde el suelo sólo refleja mi soledad
y mi tristeza como un par de comadres teporochas,
y todavía conserva tibia mis manos.
Insisto en que tu mirada tiene el color exacto de la luz.
Tienes todo listo para tu regreso a casa, nada falta.
La mujer del alta voz pide a los pasajeros del 315
que pasen a la sala de abordar –y es como si las turbinas
de ese avión terrible volvieran sordas las últimas páginas
de una historia escrita con sal. Me abrazas y mi nariz pegada
a tu cuello me trae a la memoria las veces que lavé tu pelo;
pero nada debe ser trágico y pegas tu vientre al mío
y sé que en ese momento deberías más bien levantarte de la arena
y meterte al mar mientras los últimos rayos del sol
nos cobijan y nos vuelven los protagonistas de otro secreto.
La gente se forma con sus boletos en la mano y yo te aprieto
contra mí, como si quisiera volverme cárcel, y de un grito
quisiera incendiar esta ciudad. Sin embargo, hay cosas
que me pides y no puedo darte y nos besamos por última vez
y nadie comprende porqué chingados ha de ser así.
Son poco más de las cinco y media de la tarde
y ya los colores de la naranja mecánica del mundo
desfallecen, anochece más temprano; el vuelo
con destino al aeropuerto internacional de Franckfurt
está a punto de partir. Me gustaría irme contigo guardado
en tu maleta y no sabes qué pinche envidia me da
ese poema que te di y que llevas guardado en la bolsa
trasera de tu pantalón –preferiría ser yo y tú, otra vez,
sobre mí, chingada madre!
Tengo algunos restos de tu pelo en la mano, tu pelo
lacio y frío que me hace pensar en la nieve que cae
en las calles grises de los presentimientos y aquel
aeropuerto donde seguramente hay un ilegal que aguarda
el avión en que te largas para guiarlo hasta los puertos
de salida donde no hay un beso caliente que te espere.
Él, al salir de su trabajo, se meterá en un bar a tomar cerveza
y en el fondo se comportará como el Adán que somos todos
cuando nos emborrachamos en el paraíso de la soledad
y odiamos a dios por habernos arrebatado a Lilith.
Quizá si lo abrazarás a él, me abrazarías a mí.
Podría decirte que te esperaré, podría mentirte
y asegurarte que soy un buen tipo, como esos soldados
destruidos por el miedo que guardan en su cartera
el retrato de la mujer a la que le entregaron el corazón,
pero ni siquiera tengo una cartera y mi corazón no es
garantía para la mujer glamorosa que me mira,
en este pasillo donde el suelo sólo refleja mi soledad
y mi tristeza como un par de comadres teporochas,
y todavía conserva tibia mis manos.
Insisto en que tu mirada tiene el color exacto de la luz.
Tienes todo listo para tu regreso a casa, nada falta.
La mujer del alta voz pide a los pasajeros del 315
que pasen a la sala de abordar –y es como si las turbinas
de ese avión terrible volvieran sordas las últimas páginas
de una historia escrita con sal. Me abrazas y mi nariz pegada
a tu cuello me trae a la memoria las veces que lavé tu pelo;
pero nada debe ser trágico y pegas tu vientre al mío
y sé que en ese momento deberías más bien levantarte de la arena
y meterte al mar mientras los últimos rayos del sol
nos cobijan y nos vuelven los protagonistas de otro secreto.
La gente se forma con sus boletos en la mano y yo te aprieto
contra mí, como si quisiera volverme cárcel, y de un grito
quisiera incendiar esta ciudad. Sin embargo, hay cosas
que me pides y no puedo darte y nos besamos por última vez
y nadie comprende porqué chingados ha de ser así.
miércoles, 31 de octubre de 2007
Habitación 233
Hiede a tu sexo esta noche, lo que sobrevive.
Los grillos han dejado de cantar. El pincel
de tu mirada borra en los rincones de la azotea
los sueños que he perdido. Tu soledad
todavía está en mis manos; no quiero dejar
de tocarte, permanecer en la cama
sin tener que salir del cuarto. Beber más vino,
fumar el tabaco portugués que trajiste
de tu último viaje por el mundo
y sentir cómo disminuye la taquicardia
junto al resplandor de la luna,
para volver a coger. Caminas por el cuarto
y no hace frío. La noche está despierta
en la espuma de tu vientre, ahora que
nos hemos alejado del infierno.
Allá afuera quedó mi ciudad, con su historia
maloliente, averiada, pudriéndose en anuncios
publicitarios como la carne en un refrigerador
descompuesto, escupiendo basura entre dientes,
apestando a pura soledad, bañada y arañada
de riñones sin un trago y de ruinas abatidas, allá
afuera vestida de muros antiguos, destrozada con
taxis fantasmas y sus puercos en puestos
de tacos siempre abiertos para el hambre o la tristeza,
allá, tras la única ventana de este cuarto,
el humo que escurre del polen, manchas en el polvo
de su aullido, infectada por la risa de sus párrocos,
atiborrada de mujeres secas o con el calzón mojado
y con hombres omitidos del álbum familiar;
crecen sus vidrios con rostros que miran
a ningún vacío y porque así es,
llena de ríos bajo el asfalto, allá quedó la ciudad
capital de cantinas brillantes y angustia,
la ciudad de intelectuales tartamudos y traumados,
con sus poetas irritando con su mutilada valentía,
los sudorosos y creyentes de palabra seria
los corazones de luces en los coches;
allá las calles donde te encontré, la ciudad
de México con toda su mierda, dolorosa
la ciudad que como, que chupo,
que inhalo cada pinche día.
Pero tú no.
Tú la ves con ojos de nieve, complacida,
extrañada. Y en este cuarto donde nada importa
más allá del tacto, de mi lengua en tu sexo
de tu boca en el mío, con la muerte dispuesta
a velar el encuentro, dejamos la ciudad
tras el ascensor y ya no tendríamos qué regresar
a sus fauces si, finalmente, nos hemos encontrado.
Me miras e intuyes lo que pienso. Me dices
que la realidad no es así. Tú lo sabes, tú tienes
más experiencia en esto, sabes cuándo
se debe decir adiós.
Pero mientras dure el amor, en este cuarto
te inyectaré los escondites vírgenes de mi ciudad,
te haré cosquillas con sus payasos a sueldo
de blues, te bañaré con el delicado licor de su rabia,
desentrañaré con faquires algún sueño adherido
a tu cuerpo; te penetraré con su amor. Después
limpiaré las arterias de ciertas palabras falsas
y con sus cantos claros de parque, con sus viejas,
destejeré tus nervios, y escribiré tu nombre
en las paredes del sueño que nace. Te cobijaré con
su hambre, lo que dure el amor. Además te robaré
algo de sangre, algunos gemidos y gestos para soportar
el ruido de acero, las frases vacías del pueblo y
del genio, el sabor del polvo que nos deja, para soportar
su macabra hermosura cuando deje tus piernas
y tenga que regresar a sus calles.
También me llevaré tus palabras preferidas en francés,
tu silencio y el profundo hedor de tu sexo que es
esta noche en que la ciudad está muy lejos. Mira,
todo es perfecto. No quiero cambiar nada.
Estamos en este hotel. Uruguay 69, habitación 233;
desnudos y borrachos.
Los grillos han dejado de cantar. El pincel
de tu mirada borra en los rincones de la azotea
los sueños que he perdido. Tu soledad
todavía está en mis manos; no quiero dejar
de tocarte, permanecer en la cama
sin tener que salir del cuarto. Beber más vino,
fumar el tabaco portugués que trajiste
de tu último viaje por el mundo
y sentir cómo disminuye la taquicardia
junto al resplandor de la luna,
para volver a coger. Caminas por el cuarto
y no hace frío. La noche está despierta
en la espuma de tu vientre, ahora que
nos hemos alejado del infierno.
Allá afuera quedó mi ciudad, con su historia
maloliente, averiada, pudriéndose en anuncios
publicitarios como la carne en un refrigerador
descompuesto, escupiendo basura entre dientes,
apestando a pura soledad, bañada y arañada
de riñones sin un trago y de ruinas abatidas, allá
afuera vestida de muros antiguos, destrozada con
taxis fantasmas y sus puercos en puestos
de tacos siempre abiertos para el hambre o la tristeza,
allá, tras la única ventana de este cuarto,
el humo que escurre del polen, manchas en el polvo
de su aullido, infectada por la risa de sus párrocos,
atiborrada de mujeres secas o con el calzón mojado
y con hombres omitidos del álbum familiar;
crecen sus vidrios con rostros que miran
a ningún vacío y porque así es,
llena de ríos bajo el asfalto, allá quedó la ciudad
capital de cantinas brillantes y angustia,
la ciudad de intelectuales tartamudos y traumados,
con sus poetas irritando con su mutilada valentía,
los sudorosos y creyentes de palabra seria
los corazones de luces en los coches;
allá las calles donde te encontré, la ciudad
de México con toda su mierda, dolorosa
la ciudad que como, que chupo,
que inhalo cada pinche día.
Pero tú no.
Tú la ves con ojos de nieve, complacida,
extrañada. Y en este cuarto donde nada importa
más allá del tacto, de mi lengua en tu sexo
de tu boca en el mío, con la muerte dispuesta
a velar el encuentro, dejamos la ciudad
tras el ascensor y ya no tendríamos qué regresar
a sus fauces si, finalmente, nos hemos encontrado.
Me miras e intuyes lo que pienso. Me dices
que la realidad no es así. Tú lo sabes, tú tienes
más experiencia en esto, sabes cuándo
se debe decir adiós.
Pero mientras dure el amor, en este cuarto
te inyectaré los escondites vírgenes de mi ciudad,
te haré cosquillas con sus payasos a sueldo
de blues, te bañaré con el delicado licor de su rabia,
desentrañaré con faquires algún sueño adherido
a tu cuerpo; te penetraré con su amor. Después
limpiaré las arterias de ciertas palabras falsas
y con sus cantos claros de parque, con sus viejas,
destejeré tus nervios, y escribiré tu nombre
en las paredes del sueño que nace. Te cobijaré con
su hambre, lo que dure el amor. Además te robaré
algo de sangre, algunos gemidos y gestos para soportar
el ruido de acero, las frases vacías del pueblo y
del genio, el sabor del polvo que nos deja, para soportar
su macabra hermosura cuando deje tus piernas
y tenga que regresar a sus calles.
También me llevaré tus palabras preferidas en francés,
tu silencio y el profundo hedor de tu sexo que es
esta noche en que la ciudad está muy lejos. Mira,
todo es perfecto. No quiero cambiar nada.
Estamos en este hotel. Uruguay 69, habitación 233;
desnudos y borrachos.
martes, 30 de octubre de 2007
Las palabras más importantes de un libro
Te agradezco los libros, las hojas impresas
en las máquinas de tu oficina,
creo que nunca tuviste un problema por eso,
pero te lo agradezco; fueron muchas y
de muchos y cuidaste la impresión sobremanera:
así pude leer Song of myself y Paradise Lost
en esas tardes que renuncié a la universidad
por quedarme en casa bebiendo y leyendo
e intentando escribir algo de eso que han llamado
la gran pelea, hasta que regresabas del trabajo
y yo seguía escribiendo y luego salíamos
a un bar. Tú invitabas siempre y yo quería
hacerte el amor siempre. Te agradezco,
insisto, los libros y esa edición especial
del diccionario de la Real Academia
Española, aunque siempre estuve
en contra de la academia y de las reglas
del juego y por eso mentaba madres de todo
y me atrevía mejor a robar esos libros
que no podía conseguir de otra manera
y por eso también reconozco tu valor
cuando en las grandes librerías o en las
ferias distraías a los guardias con tu belleza
mientras yo robaba esos autores que, a pesar
de no ser los mejores, son publicados
en las grandes ligas de esta mierda.
Gran parte de la biblioteca que tengo,
te la debo a ti, lo sé. Alguna tarde,
recuerdo ahora que hojeo algunos poemas
de Derek Walcott, te pedí que
firmaras todos los libros que me diste,
pero también los otros -con una sonrisa
que me hizo soñar con viajes posibles
al final del mundo, aceptaste.
Hay cosas que se dicen y, al paso de los años
(siempre quise escribir esta frase), se vuelven
una fría y ácida condena en las heridas.
Fue grande nuestro amor, muy grande,
y he aprendido a soportar el dolor
que causan los amorosos vivos que desaparecen.
Siempre estarás, irreversiblemente,
en la lectura de los libros a los que regreso,
por vacuidad o por afán de desdicha,
así como siempre tú habrás sido más valiente.
En los años por venir, tu recuerdo se borrará
de mis días. Sólo quedarán tus palabras
escritas en las primeras páginas de mis libros;
y sé que me dirán más cosas de la vida que
las grandes obras a las que siempre precederán.
No me arrepiento.
en las máquinas de tu oficina,
creo que nunca tuviste un problema por eso,
pero te lo agradezco; fueron muchas y
de muchos y cuidaste la impresión sobremanera:
así pude leer Song of myself y Paradise Lost
en esas tardes que renuncié a la universidad
por quedarme en casa bebiendo y leyendo
e intentando escribir algo de eso que han llamado
la gran pelea, hasta que regresabas del trabajo
y yo seguía escribiendo y luego salíamos
a un bar. Tú invitabas siempre y yo quería
hacerte el amor siempre. Te agradezco,
insisto, los libros y esa edición especial
del diccionario de la Real Academia
Española, aunque siempre estuve
en contra de la academia y de las reglas
del juego y por eso mentaba madres de todo
y me atrevía mejor a robar esos libros
que no podía conseguir de otra manera
y por eso también reconozco tu valor
cuando en las grandes librerías o en las
ferias distraías a los guardias con tu belleza
mientras yo robaba esos autores que, a pesar
de no ser los mejores, son publicados
en las grandes ligas de esta mierda.
Gran parte de la biblioteca que tengo,
te la debo a ti, lo sé. Alguna tarde,
recuerdo ahora que hojeo algunos poemas
de Derek Walcott, te pedí que
firmaras todos los libros que me diste,
pero también los otros -con una sonrisa
que me hizo soñar con viajes posibles
al final del mundo, aceptaste.
Hay cosas que se dicen y, al paso de los años
(siempre quise escribir esta frase), se vuelven
una fría y ácida condena en las heridas.
Fue grande nuestro amor, muy grande,
y he aprendido a soportar el dolor
que causan los amorosos vivos que desaparecen.
Siempre estarás, irreversiblemente,
en la lectura de los libros a los que regreso,
por vacuidad o por afán de desdicha,
así como siempre tú habrás sido más valiente.
En los años por venir, tu recuerdo se borrará
de mis días. Sólo quedarán tus palabras
escritas en las primeras páginas de mis libros;
y sé que me dirán más cosas de la vida que
las grandes obras a las que siempre precederán.
No me arrepiento.
viernes, 26 de octubre de 2007
Algo sobre el desamor
Despiertas y lo primero que te digo
es que no tiene ningún caso seguir juntos
si cuando follamos no te corres.
Tendrías que buscar otro hombre, uno
que al primer contacto te haga palidecer
de placer. Sabrás quién es cuando tu piel
se erice y pienses en el paraíso, cosa que,
desafortunadamente, no sucede entre nosotros.
No quiero verte triste ni que nada te lastime.
Aunque quiero tocarte, mis manos vuelven
a su vacío original.
Me duele, es cierto, porque me gustaría
que el amor no quedara ahí. Pero siempre
he sido un animal que sólo entiende que
el amor, justamente, surge de eso y llega
hasta ahí. El amor, el amor es hacerte venir,
sin exagerar, desde que te veo, cuando te
penetro, el amor es hacerte sudar y ver
cómo tus gemidos iluminan los días grises
y los brillantes los vuelve un simple
capricho de los astros.
No voy a culparte por no correrte conmigo.
Pero no sé, preciosa, si es bueno que tú y yo,
a pesar de entender que todas las historias
de amor, por indestructibles que sean,
se van al carajo, si a pesar de pasarla
muy chingón y desaparecernos del mundo
cuando nos encontramos; no sé chiquilla,
-tus senos casi más perfectos que tus ojos-,
si debemos continuar.
Podría ser el engaño y eso, me lo has dicho,
no te gusta. Sinceramente daría todo porque
te corrieras en mi verga, quisiera regalarte
el paraíso y ver tus líquidos blancos iluminar
los caminos de la noche.
Pero es patético esto que te digo y más ahora
que escucho los violines de una canción de amor.
Te mordí te chupé te metí mis dedos
te cogí preciosa te la metí toda dura
como un poste, hice todo lo que pude,
hasta que me di cuenta, como el condenado
cuando presiente que ha llegado su hora,
que todo era inútil.
Lo que más deseamos en la vida, muchas veces,
nos será negado. Tú y yo ya teníamos reservado
un final desde el principio. Hermosura,
ángelita del sol, nadie usa las faldas tan cortas
como tú; nadie moja sus sueños como tú.
Llegada nuestra hora, ya nada podemos hacer.
Mejor levantémonos de la cama. El silencio de
la tarde se mezcla entre la ropa y el cielo está
armado de presagios. Caminemos por la playa,
mojemos juntos nuestros pies; cuando caiga el sol,
nos abrazaremos.
es que no tiene ningún caso seguir juntos
si cuando follamos no te corres.
Tendrías que buscar otro hombre, uno
que al primer contacto te haga palidecer
de placer. Sabrás quién es cuando tu piel
se erice y pienses en el paraíso, cosa que,
desafortunadamente, no sucede entre nosotros.
No quiero verte triste ni que nada te lastime.
Aunque quiero tocarte, mis manos vuelven
a su vacío original.
Me duele, es cierto, porque me gustaría
que el amor no quedara ahí. Pero siempre
he sido un animal que sólo entiende que
el amor, justamente, surge de eso y llega
hasta ahí. El amor, el amor es hacerte venir,
sin exagerar, desde que te veo, cuando te
penetro, el amor es hacerte sudar y ver
cómo tus gemidos iluminan los días grises
y los brillantes los vuelve un simple
capricho de los astros.
No voy a culparte por no correrte conmigo.
Pero no sé, preciosa, si es bueno que tú y yo,
a pesar de entender que todas las historias
de amor, por indestructibles que sean,
se van al carajo, si a pesar de pasarla
muy chingón y desaparecernos del mundo
cuando nos encontramos; no sé chiquilla,
-tus senos casi más perfectos que tus ojos-,
si debemos continuar.
Podría ser el engaño y eso, me lo has dicho,
no te gusta. Sinceramente daría todo porque
te corrieras en mi verga, quisiera regalarte
el paraíso y ver tus líquidos blancos iluminar
los caminos de la noche.
Pero es patético esto que te digo y más ahora
que escucho los violines de una canción de amor.
Te mordí te chupé te metí mis dedos
te cogí preciosa te la metí toda dura
como un poste, hice todo lo que pude,
hasta que me di cuenta, como el condenado
cuando presiente que ha llegado su hora,
que todo era inútil.
Lo que más deseamos en la vida, muchas veces,
nos será negado. Tú y yo ya teníamos reservado
un final desde el principio. Hermosura,
ángelita del sol, nadie usa las faldas tan cortas
como tú; nadie moja sus sueños como tú.
Llegada nuestra hora, ya nada podemos hacer.
Mejor levantémonos de la cama. El silencio de
la tarde se mezcla entre la ropa y el cielo está
armado de presagios. Caminemos por la playa,
mojemos juntos nuestros pies; cuando caiga el sol,
nos abrazaremos.
jueves, 18 de octubre de 2007
Con todo respeto
Estás harta de la ciudad y yo también.
Pero es indiscutible que no es tan desgraciada
porque tú caminas por sus calles.
Eso a ti no te importa y menos que un don
nadie te lo diga. Tú estás decidida
a largarte y si un movimiento literario
no puede detenerte, menos un poema
con el estómago vacío. No puedo hacer nada.
Ni siquiera una buena noticia,
o unos tragos del mejor tequila,
pueden soliviantar esta certeza.
Pero la Historia –que me importa un carajo-
tiene que saber que lo intenté, con todo respeto,
sólo para que los hijos que tendrás
sepan que José Alfredo te cantó muy despacito
y para que nunca olviden que los hombres
siempre fracasan.
Pero es indiscutible que no es tan desgraciada
porque tú caminas por sus calles.
Eso a ti no te importa y menos que un don
nadie te lo diga. Tú estás decidida
a largarte y si un movimiento literario
no puede detenerte, menos un poema
con el estómago vacío. No puedo hacer nada.
Ni siquiera una buena noticia,
o unos tragos del mejor tequila,
pueden soliviantar esta certeza.
Pero la Historia –que me importa un carajo-
tiene que saber que lo intenté, con todo respeto,
sólo para que los hijos que tendrás
sepan que José Alfredo te cantó muy despacito
y para que nunca olviden que los hombres
siempre fracasan.
Gracias por venir
Estás en mi cuarto.
De alguna forma
has llegado aquí.
No tengo trabajo,
ni dinero, ni ilusiones.
No tengo flores que darte
ni recuerdos de Venecia
o Londres que
callen a los perros.
No tengo casa, ni coche.
Me queda, eso sí,
una botella de vino
un colchón de maravilla
y hambre, mucha hambre.
Algunas veces,
me gusta visitar
los parques de
la infancia, pero
el paraíso y el infierno
son cuentos que ahora
me dan asco.
También tengo papel
y tinta, el diario de
un viaje, y un par
de condones
para antes de dormir.
Sé, sin embargo, que
nada de esto es mío.
Acaso sólo soy dueño
de mi muerte, pero
no tengo nada más,
ni me interesa ser
el hombre más
feliz del mundo
o un dulce perdedor.
Me basta
con que tú estés aquí,
mojada y pensativa.
De alguna forma
has llegado aquí.
No tengo trabajo,
ni dinero, ni ilusiones.
No tengo flores que darte
ni recuerdos de Venecia
o Londres que
callen a los perros.
No tengo casa, ni coche.
Me queda, eso sí,
una botella de vino
un colchón de maravilla
y hambre, mucha hambre.
Algunas veces,
me gusta visitar
los parques de
la infancia, pero
el paraíso y el infierno
son cuentos que ahora
me dan asco.
También tengo papel
y tinta, el diario de
un viaje, y un par
de condones
para antes de dormir.
Sé, sin embargo, que
nada de esto es mío.
Acaso sólo soy dueño
de mi muerte, pero
no tengo nada más,
ni me interesa ser
el hombre más
feliz del mundo
o un dulce perdedor.
Me basta
con que tú estés aquí,
mojada y pensativa.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)